- Es difícil soñar con estrellas cuando tiempo atrás dejaste de verlas -, se repetía una y otra vez mientras trataba de conciliar el sueño.
Acostado en su cama, con la luz aún encendida y los ojos perdidos en algún punto del mal acabado techo intentaba recordar, cuando había sido la última vez que durmió feliz.
Cada noche, después de cerrar los ojos, las pesadillas de su pasado lo atormentaban, todas aquellas cosas ocultas, sus más íntimos secretos, se agolpaban en su mente inconsciente y lo torturaban. Se levantaba sudando helado, con el corazón palpitando aceleradamente y desesperado por presionar el interruptor que se llevara esos recuerdos.
- Es difícil soñar con estrellas cuando las nubes te cubren el cielo – Pensó nuevamente hasta caer en un profundo sueño.
Todo estaba oscuro, como en todas sus pesadillas, el silencio era lo más perturbador, y en un instante miles de personas pasando a su lado sin percatarse de su existencia, nadie hablaba, era sus extraños conocidos, historias sin rostros y rostros sin vida que en alguna ocasión fueron parte de él mismo. Comenzaba a sudar.
En su interior crecía la angustia de saber cual era el final, siempre el mismo, siempre malo, y sin embargo ahora algo era diferente, insignificante tal vez ante los ojos de muchos, pero en su mundo de espesas nubes negras era algo mágico. Era un sueño dentro de su sueño, la estrella de la que tanto hablaba consigo mismo antes de dormir.
Nadie parecía notarla excepto él, arriba en lo más alto del cielo, brillaba intensamente, con una luz que lo invitaba a llegar hasta aquel lugar donde lo sombrío de su sueño sería cambiado por algo más hermoso de lo que su imaginación podía ofrecerle.
Sin dudar, emprendió el camino que lo llevó por montañas y cerros, subiendo sin descansar hasta la punta más alta, tan solo para tocar con sus manos aquella figura, y aunque consiente de su sueño, le parecía más real que la realidad misma.
Al llegar a su lejano destino, miró con asombro algo mejor que una estrella, una mujer bellísima, con la piel blanca y delicada, el cabello dorado que irradiaba luz propia y una mirada profunda, que sin necesidad de cruzar palabra alguna lo invitaba a tomarla entre sus brazos. Titubeó por un segundo, estaba paralizado. Ni siquiera en su fantasía más elaborada existían mujeres así.
Estaba nervioso, se acerco muy despacio, ella sonreía cálidamente. Su corazón se alborotaba de emoción, se sentía increíblemente bien, a pesar del cansancio de subir hasta aquel lugar. Sus ojos estaban más vivos que nunca y se resistía a parpadear temiendo que al hacerlo el sueño se acabaría.
- ¿Cómo te llamas? - Pregunto ella.
- No tengo nombre - Respondió él. – Nadie me llama nunca – agregó, y aún sin estar muy convencido si debía hacerlo le preguntó por el nombre a ella.
- Para ti soy Estrella - dijo dulcemente.
- Estrella - Repitió él apresuradamente para asegurarse de nunca olvidar aquel nombre.
El tiempo transcurría lentamente, ahora él podía rozar el cuerpo de Estrella con las yemas de los dedos, ella se dejaba seducir por su timidez, lo miraba impaciente pero lo dejaba disfrutar de aquel momento.
En un movimiento atrevido él se arriesgo a acercarse más de lo permitido, sus cuerpos ahora estaban juntos, su respiración se cruzaba con la de ella y sus labios eran atraídos hacia los suyos.
El primer beso fue calculado, su boca se entreabrió para sentir el sabor de los labios de Estrella, delicadamente apretó los suyos y los deslizo por los de ella, se detuvieron un instante solamente para mirarse y luego se envolvieron en un mar de besos nuevos, cada uno más apasionado que el anterior.
Los labios de él recorrían todo su cuerpo, con la punta de la lengua humedecía su espalda hasta impregnarse del sabor de Estrella, el sabor de las galletas con chispas de chocolate, ella por su parte, besaba su cuello y con cada beso lo apretaba contra su pecho, él le quito la camisa y sintió su corazón latir con fuerza pidiendo a gritos que no se detuviera, se desnudaron uno al otro y acariciaron sus cuerpos.
El calor se hacia más intenso y del ambiente emanaba un vapor provocado únicamente por el deseo de poseerse, los besos siguieron de forma continúa y las caricias se volvían prohibidas.
No hubo parte de sus cuerpos que no conocieran, que no besaran, y cuando los venció la pasión hicieron el amor desenfrenadamente, con locura y hasta cansarse.
Estaban felices. Ahora la mirada de él estaba perdida en el cuerpo de Estrella, ella lo miraba, mientras se desvanecía como consecuencia del sueño y con una última sonrisa se despidió de él, de aquel hombre sin nombre.
Cuando despertó estaba aturdido, recordaba todo lo que había pasado y no podía creer que solamente se tratase de una quimera.
Ensimismado en sus pensamientos, caminaba sin rumbo, cuando del otro lado de la calle la mujer de sus sueños le estaba sonriendo, miró al cielo y no vio ninguna estrella, ahora estaba en la tierra, a su alcance…
Corrió para saludarla…
- Después de todo en ciertas ocasiones, a veces y sólo a veces los sueños son tan fuertes que traspasan la realidad – se dijo al encontrarse de nuevo en su cama.
Está vez las pesadillas han desaparecido y el hombre sin nombre sueña con estrellas y galletas con chispas de chocolate.