Bienvenidos!!

No tengo muchas palabras para explicar de que se trata este blog, pero quiero plasmar en el algunos de los pensamientos que de cuando en cuando se acumulan en mi cabeza.

Sin orden cronológico, y según aparezca la oportunidad iré agregando cosas que me parecen importantes... o que simplemente no me las puedo callar.

Solamente espero que disfruten un poco de la lectura de este blog, como yo disfruto escribiendo!!!

sábado 30 de mayo de 2009

Amor mío, mi amor...

(Un poema de Jaime Sabines. Espero que les guste, a mi personalmente me encanto. Ojala lo entiendas CMUD)

AMOR MÍO, MI AMOR...

Amor mío, mi amor, amor hallado
de pronto en la ostra de la muerte.
Quiero comer contigo, estar, amar contigo,
quiero tocarte, verte.

Me lo digo, lo dicen en mi cuerpo
los hilos de mi sangre acostumbrada,
lo dice este dolor y mis zapatos
y mi boca y mi almohada.

Te quiero, amor, amor absurdamente,
tontamente, perdido, iluminado,
soñando rosas e inventando estrellas
y diciéndote adiós yendo a tu lado.

Te quiero desde el poste de la esquina,
desde la alfombra de ese cuarto a solas,
en las sábanas tibias de tu cuerpo
donde se duerme un agua de amapolas.

Cabellera del aire desvelado,
río de noche, platanar oscuro,
colmena ciega, amor desenterrado,

voy a seguir tus pasos hacia arriba,
de tus pies a tu muslo y tu costado.

Amor Eterno

(Poema de Gustavo Adolfo Bécquer... Bastante conocido, supongo)


AMOR ETERNO

Podrá nublarse el sol eternamente;
Podrá secarse en un instante el mar;
Podrá romperse el eje de la tierra
Como un débil cristal.
¡todo sucederá! Podrá la muerte
Cubrirme con su fúnebre crespón;
Pero jamás en mí podrá apagarse
La llama de tu amor.

viernes 29 de mayo de 2009

First Time, Lifehouse

Esta es una canción muy interesante!

I'm feeling alive all over again...

Soñando Con Estrellas

(Este escrito también tiene una dedicatoria especial, y hasta ahora solamente 2 personas a parte de mi lo habian leido. A ver que les parece)

SOÑANDO CON ESTRELLAS

- Es difícil soñar con estrellas cuando tiempo atrás dejaste de verlas -, se repetía una y otra vez mientras trataba de conciliar el sueño.
Acostado en su cama, con la luz aún encendida y los ojos perdidos en algún punto del mal acabado techo intentaba recordar, cuando había sido la última vez que durmió feliz.


Cada noche, después de cerrar los ojos, las pesadillas de su pasado lo atormentaban, todas aquellas cosas ocultas, sus más íntimos secretos, se agolpaban en su mente inconsciente y lo torturaban. Se levantaba sudando helado, con el corazón palpitando aceleradamente y desesperado por presionar el interruptor que se llevara esos recuerdos.


- Es difícil soñar con estrellas cuando las nubes te cubren el cielo – Pensó nuevamente hasta caer en un profundo sueño.

Todo estaba oscuro, como en todas sus pesadillas, el silencio era lo más perturbador, y en un instante miles de personas pasando a su lado sin percatarse de su existencia, nadie hablaba, era sus extraños conocidos, historias sin rostros y rostros sin vida que en alguna ocasión fueron parte de él mismo. Comenzaba a sudar.

En su interior crecía la angustia de saber cual era el final, siempre el mismo, siempre malo, y sin embargo ahora algo era diferente, insignificante tal vez ante los ojos de muchos, pero en su mundo de espesas nubes negras era algo mágico. Era un sueño dentro de su sueño, la estrella de la que tanto hablaba consigo mismo antes de dormir.
Nadie parecía notarla excepto él, arriba en lo más alto del cielo, brillaba intensamente, con una luz que lo invitaba a llegar hasta aquel lugar donde lo sombrío de su sueño sería cambiado por algo más hermoso de lo que su imaginación podía ofrecerle.

Sin dudar, emprendió el camino que lo llevó por montañas y cerros, subiendo sin descansar hasta la punta más alta, tan solo para tocar con sus manos aquella figura, y aunque consiente de su sueño, le parecía más real que la realidad misma.

Al llegar a su lejano destino, miró con asombro algo mejor que una estrella, una mujer bellísima, con la piel blanca y delicada, el cabello dorado que irradiaba luz propia y una mirada profunda, que sin necesidad de cruzar palabra alguna lo invitaba a tomarla entre sus brazos. Titubeó por un segundo, estaba paralizado. Ni siquiera en su fantasía más elaborada existían mujeres así.

Estaba nervioso, se acerco muy despacio, ella sonreía cálidamente. Su corazón se alborotaba de emoción, se sentía increíblemente bien, a pesar del cansancio de subir hasta aquel lugar. Sus ojos estaban más vivos que nunca y se resistía a parpadear temiendo que al hacerlo el sueño se acabaría.

- ¿Cómo te llamas? - Pregunto ella.
- No tengo nombre - Respondió él. – Nadie me llama nunca – agregó, y aún sin estar muy convencido si debía hacerlo le preguntó por el nombre a ella.
- Para ti soy Estrella - dijo dulcemente.
- Estrella - Repitió él apresuradamente para asegurarse de nunca olvidar aquel nombre.

El tiempo transcurría lentamente, ahora él podía rozar el cuerpo de Estrella con las yemas de los dedos, ella se dejaba seducir por su timidez, lo miraba impaciente pero lo dejaba disfrutar de aquel momento.
En un movimiento atrevido él se arriesgo a acercarse más de lo permitido, sus cuerpos ahora estaban juntos, su respiración se cruzaba con la de ella y sus labios eran atraídos hacia los suyos.

El primer beso fue calculado, su boca se entreabrió para sentir el sabor de los labios de Estrella, delicadamente apretó los suyos y los deslizo por los de ella, se detuvieron un instante solamente para mirarse y luego se envolvieron en un mar de besos nuevos, cada uno más apasionado que el anterior.

Los labios de él recorrían todo su cuerpo, con la punta de la lengua humedecía su espalda hasta impregnarse del sabor de Estrella, el sabor de las galletas con chispas de chocolate, ella por su parte, besaba su cuello y con cada beso lo apretaba contra su pecho, él le quito la camisa y sintió su corazón latir con fuerza pidiendo a gritos que no se detuviera, se desnudaron uno al otro y acariciaron sus cuerpos.

El calor se hacia más intenso y del ambiente emanaba un vapor provocado únicamente por el deseo de poseerse, los besos siguieron de forma continúa y las caricias se volvían prohibidas.
No hubo parte de sus cuerpos que no conocieran, que no besaran, y cuando los venció la pasión hicieron el amor desenfrenadamente, con locura y hasta cansarse.

Estaban felices. Ahora la mirada de él estaba perdida en el cuerpo de Estrella, ella lo miraba, mientras se desvanecía como consecuencia del sueño y con una última sonrisa se despidió de él, de aquel hombre sin nombre.

Cuando despertó estaba aturdido, recordaba todo lo que había pasado y no podía creer que solamente se tratase de una quimera.

Ensimismado en sus pensamientos, caminaba sin rumbo, cuando del otro lado de la calle la mujer de sus sueños le estaba sonriendo, miró al cielo y no vio ninguna estrella, ahora estaba en la tierra, a su alcance…
Corrió para saludarla…

- Después de todo en ciertas ocasiones, a veces y sólo a veces los sueños son tan fuertes que traspasan la realidad – se dijo al encontrarse de nuevo en su cama.
Está vez las pesadillas han desaparecido y el hombre sin nombre sueña con estrellas y galletas con chispas de chocolate.

jueves 28 de mayo de 2009

Dos Minutos Más

(Un cuento que hice, para lo que se suponia era Letras Nuevas. Al final no se si llego, ni se si es cuento. Ojala les guste)


DOS MINUTOS MÁS


I

Cuando despertó, el carro se movía en dirección a la playa, había pasado el día trabajando y estaba muy cansada, apenas se encontraban en el centro de la ciudad cuando cerró los ojos y se transportó, casi inmediatamente, al mundo de los sueños; ahora podía percibir la brisa marina en el ambiente y el rostro lo tenía impregnado de la humedad pegajosa característica de la zona costera.

Cristina era hermosa, su pelo negro, perfectamente acomodado sobre sus hombros jugueteaba caprichoso con el escaso viento que se deslizaba por encima de la ventana, su piel morena adornaba con sus destellos unas piernas largas y firmes, producto de su amor al trabajo, pero lo más hermoso era sin duda su boca, con labios suaves y gruesos que dibujaban una sonrisa increíble capaz de hacer suspirar a cualquiera.

Enrique conducía sin decir palabra, le gustaba mirar a Cristina.
Él no era exactamente la definición de belleza, su aspecto era descuidado, casi nunca se peinaba y estaba, “según sus amigos”, pasado de peso, pero por encima de eso sobresalía su sentido del humor, su amabilidad y habilidad para resolver conflictos, cualidades que a casi nadie le parecían importantes. ¡A Cristina en cambio le fascinaba!
- ¿Qué sucede, amor? – Preguntó Cristina al ver que Enrique sonreía.
Apenas alcanzó a suspirar antes que en el horizonte apareciera una inmensa bola color naranja, transformando el ambiente en un lugar mágico y pintoresco, destelló desde lejos en un par de ocasiones como para despedirse de ellos. ¡El día tocaba su fin mientras comenzaba una noche sin luna pero con el cielo iluminado por millones de estrellas!

- ¡Tú y el ocaso! – respondió finalmente Enrique sin dejar de sonreír y cuyos ojos brillaban intensamente como el sol que acababa de ocultarse detrás del imponente mar.
La respuesta fue suficiente para que Cristina fijara su mirada en el infinito, después de dos años de relación era la primera vez que pasarían juntos la noche, lejos de su hogar.
¡Se sentía feliz!


II

Quince minutos después Enrique estacionó el auto frente a un pequeño hotel de playa, no era muy lujoso, poseía los servicios básicos y una habitación especial - “para los enamorados” - decía con orgullo el gerente del hotel, un viejo canoso de aproximadamente cincuenta años, calculaba Cristina, y que además era muy simpático.

“El Hotelito”, como era conocido generalmente, significó para Enrique, en su adolescencia, un lugar de castigo, pues su familia vacacionaba en ese lugar y a él lo torturaban obligándolo a estar ahí. Le hubiese gustado llevar a alguna de sus novias para divertirse en serio. Ahora sin embargo, apreciaba la comida, la atención pero sobre todo el paisaje de aquel lugar.
Para Cristina era la primera vez, y aunque no se quejaba, hubiese preferido quedarse en un lugar más bonito y cómodo, aunque eso significase tener que pagar más.

Ensimismada en sus pensamientos siguió al gerente que los condujo hasta su habitación, mientras Enrique comentaba el clima y los pequeños inconvenientes que habían surgido durante el viaje.

- ¿Estas lista? – preguntó Enrique cuando terminaron de acomodarse en la habitación.
Ella se acerco hasta él, lo abrazo muy fuerte y lo besó apasionadamente mientras Enrique la apretaba de la cintura y deslizaba sus manos hasta el lugar donde termina la espalda. – Si amor – respondió ella entre beso y beso.

Después de la cena se quedaron sentados junto al mar, tomados de las manos y esperando en silencio que el tiempo siguiera su curso. – ¡Esta noche, amor, el tiempo es nuestro! – dijo Cristina para si misma.

Nunca pensó que Enrique fuera tan detallista, al menos en los dos años anteriores, no había evidencia alguna de que fuera capaz de preparar algo tan lindo para ella. La mesa finamente adornada con manteles rojos y botones dorados, las velas, las flores, la serenata… Hasta las estrellas parecían deliberadamente colocadas para que ella pudiera apreciarlas y sentir que en ese momento lo amaba más que nunca.

No había prisa, caminaron sobre la arena, jugaban como los niños juegan en el mar, dejaban que sus pies se mojaran con la tibia espuma de las olas y se repartían besos como la primera vez que estuvieron solos.

A lo lejos una luz que, con cada paso, se hacia más pequeña les indicaba que habían dejado atrás el hotel, no tenían intenciones de volver aún, faltaban menos de veinte minutos para que culminara la noche de su segundo aniversario y empezaran a contar el primero del siguiente. ¡Les faltaba vivir toda la vida juntos!

III

Un silencio repentino los sorprendió en medio de una caricia, sus corazones se aceleraron y sus cuerpos no respondían al impulso natural de moverse. El mar al contrario corría hacia adentro velozmente, dejando una gran extensión de arena al desnudo. El punto amarillo que indicaba su albergue ya no estaba, y en cuestión de segundos el silencio fue sustituido por gritos de dolor y angustia.
Las estrellas también se habían escondido tras una espesa capa de niebla grisácea, y de lo profundo de la tierra se podía escuchar como se fracturaban los pedazos de piedra hasta agrietar la superficie.
Estaban desorientados, no existía un lugar al que pudieran dirigir la vista, la oscuridad se había apoderado de todo. Sus cuerpos se sacudían al ritmo frenético de la danza de la muerte de la naturaleza…
Y luego una inquietante calma, y el sonido ensordecedor del mar que regresaba con furia a reclamar su terreno y devorar lo que alguna vez le perteneciera a la orilla.

Corrieron desesperadamente de un lado a otro, sus pies sangraban y el dolor era insoportable, el esfuerzo era agotador y la sensación de estar yendo a ningún lado era aterradora, seguían corriendo cuando la ola asestó el golpe. Un dolor agudo y profundo los arrolló por la espalda, sus manos que permanecían juntas fueron arrancadas de sus cuerpos y se perdieron junto a los cuerpos de otros miles, para ellos anónimos.

Sus recuerdos desfilaron ante sus ojos, rebotando entre las olas del mar que se vestía de rojo para la ocasión, y que utilizaba el olor a muerte como toque sádico para despedir a dos enamorados que un minuto antes jugaban con él.
Ninguno lloraba, pero entendían que jamás verían el amanecer del siguiente día.
– Y nunca dije “hasta que la muerte nos separe” – Pensó Enrique, como un mal chiste de su conciencia mientras perdía el conocimiento.
Cristina no pensaba en nada…

IV

La oscuridad no lo dejaba ver, todo le daba vueltas en la cabeza pero el dolor había desaparecido, sabía que estaba vivo porque todavía sentía como la sal penetraba lentamente en sus heridas, se quedo inmóvil dejándose morir, pensando en Cristina, en su sonrisa, en lo mucho que le gustaba, se la imaginó en su auto, apenas un par de horas antes y quiso llorar, pero las lagrimas decidieron quedarse en sus ojos.

- ¡Cristina! – gritó, sin convencerse de que lo había hecho. - ¡Cristina! – volvió a decir una y otra vez, quería que el fin de su vida fuera con ella.

Sintió que algo rozaba su pierna. Era ella. No podía verla, ni escucharla, pero era ella, ¡Estaba ahí! Intentó abrazarla pero sus brazos no estaban, ella tampoco podía abrazarlo a él, y haciendo el mayor esfuerzo de toda su existencia Enrique logró colocar su cuerpo junto al de ella y deseó que Dios le concediera tiempo para despedirse.

Solamente necesitaba dos minutos más, dos minutos para decirle cuanto la amaba y que le hubiese gustado tener el valor para pedirle que se casara con él, dos minutos para pedirle perdón por todas la veces que le falto el respeto, dos minutos para besarla, para recordarla… - Dos minutos más – Pensó.

Sin saberlo Cristina también pedía lo mismo, un último momento para despedirse, para decirle que hasta que su corazón se paralizara ella lo amaría, un momento más para sentir su respiración y con mucha suerte escuchar un suspiro, por que aunque nunca se lo había dicho a ella le gustaba escucharlo suspirar.

Cristina cerró los ojos y cuando los abrió de nuevo estaba todo claro, las estrellas habían vuelto a su lugar y pudo ver a su lado el cuerpo de Enrique. Él, hacía unos momentos que la miraba si decir palabra. A pesar de que sus cuerpos estaban incompletos y que a su alrededor el panorama era desolador ellos sonreían, se miraban a los ojos y apenas moviendo la cabeza se dieron un beso que selló para siempre el juramento de amor eterno.

- Dos minutos más, por favor. Porque uno jamás me alcanzaría para despedirme de la persona que amo – pensó Enrique mientras seguía sonriendo.

Y justo antes de morir se dijeron al unísono – Te Amo – y se sintieron agradecidos por haber podido despedirse uno del otro. Se recordarían hermosos, felices… ¡Se recordarían juntos!

V

Veinticuatro horas después los noticieros informaban de la muerte de miles de personas en la zona costera incluidos Enrique García y Cristina Arévalo, pero además intentaban dar una explicación razonable a porque el día anterior termino dos minutos más tarde.

miércoles 27 de mayo de 2009

Te Quiero

(Un poema de Mario Benedetti. ¡Espero que lo disfruten!)


TE QUIERO

Tus manos son mi caricia,
mis acordes cotidianos;
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia.

Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice, y todo.
Y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.

Tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada;
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro.

Tu boca que es tuya y mía,
Tu boca no se equivoca;
te quiero por que tu boca
sabe gritar rebeldía.

Si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo.
Y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.

Y por tu rostro sincero.
Y tu paso vagabundo.
Y tu llanto por el mundo.
Porque sos pueblo te quiero.

Y porque amor no es aurora,
ni cándida moraleja,
y porque somos pareja
que sabe que no está sola.

Te quiero en mi paraíso;
es decir, que en mi país
la gente vive feliz
aunque no tenga permiso.

Si te quiero es por que sos
mi amor, mi cómplice y todo.
Y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.

Bajo la Luz de la Luna Llena


(Este relato pertenece a mi buena amiga Marcela Calderón que con gusto lo compartió conmigo y ahora yo lo hago con todos ustedes.)

BAJO LA LUZ DE LA LUNA LLENA

Ella estaba triste por lo que hacía, pero sabía que era lo mejor para dejar esa etapa de amargura en su corazón y así seguir adelante, para pensar en otras cosas, para conocer a otras personas, para darse la oportunidad de ser feliz.

Tomó aquella vieja pluma negra y un papel sucio que encontró en el suelo, se sentó en una grada y mientras lloraba, pensaba como iniciar esa carta de despedida… lloró y empezó a escribir:


Busca en el cementerio de los corazones rotos la tumba de mi amor, la rodea lodo, porque mis lágrimas se mezclaron con la tierra. Unos vidrios rotos se esparcen por la tierra… como mi alma y tristeza quebrada y regada.


En su lápida esta escrito:

“Aquí descansa el amor que vivía en mi corazón, nació sin querer, sin pensar en las consecuencias, creció entre ilusiones, entre amarguras y desprecios. Mantuvo la esperanza, lucho y murió cuando ya no pudo más”.


La luna llena que vio rodar mis lágrimas desde la primera hasta la última, alumbra ahora el cemento de mi tumba, el escrito en mi lápida, en la oscuridad, en lo profundo de mi corazón, en éste cementerio en el que se ha convertido mi alma, que ya no siente, ya no quiere, ya no ama.


No pienses en desenterrar, en revivir mi amor… se murió. Besa mi lápida y sella tu despedida, vete por donde viniste, olvida lo poco que quizá me quisiste. Ya no estoy aquí, ya no hay amor para ti, eso es si alguna vez te acuerdas de mi y que existí por ti.


Tomó sus cosas, dobló el papel y lo puso debajo de la puerta de esa casa, sabía que el estaba allí; suspiró, se dio la vuelta y comenzó a caminar, no iba a volver la mirada jamás, nunca iba a regresar a ese lugar, caminó y caminó… y desapareció bajo la luz de la luna llena.


F. Marcela Calderón